Hay una forma de viajar que no tiene tanto que ver con el destino, sino con la manera en la que una se va encontrando en el camino.
Estos últimos viajes han sido un viaje consciente en furgoneta, más interno que externo, entre carretera, silencio y presencia.
A veces el viaje empieza antes de arrancar el motor. Empieza en lo que una decide soltar, en lo que ya no quiere seguir sosteniendo igual, en la necesidad de aire nuevo, aunque todavía no se sepa qué forma va a tener ese “nuevo”.
He pasado por paisajes donde el silencio ha sido más fuerte que cualquier conversación. Y también por momentos de mucha presencia, de sentirme exactamente donde tenía que estar, sin necesitar nada más.
En el camino he aprendido a no forzar la experiencia. A no exigirle significado inmediato a todo lo que pasa. Hay viajes que no vienen a enseñarte algo concreto, sino a devolverte a ti misma en un estado más simple, más honesto.
Anouk ha sido testigo de todo esto. De mis días más ligeros y de otros más densos. De las paradas sin plan y de los cambios de rumbo que no estaban en ningún itinerario. Y en ese movimiento constante, he ido entendiendo que la estabilidad no siempre está en quedarte, sino en saber acompañarte mientras te mueves.
También he notado algo importante: cuando bajo el ruido externo, empiezo a escuchar mejor lo interno. Y a veces eso no es cómodo, pero sí necesario. Porque ahí aparece lo que de verdad está vivo, lo que pide ser mirado, lo que ya no quiere ser postergado.
El viaje consciente en furgoneta
Este viaje consciente en furgoneta no ha sido solo un recorrido por la carretera. Ha sido, sobre todo, un movimiento interno.
Viajar, para mí, sigue siendo una forma de comunicación con la vida. Una forma de recordar que no estoy fija en ninguna versión de mí misma. Que todo está en proceso. Que todo se va ajustando mientras camino.
Y quizá eso es lo que estos últimos trayectos me han venido a mostrar con más claridad: que no necesito llegar a ningún lugar para sentirme en casa. Que puedo habitar el movimiento sin perderme en él. Que puedo estar en tránsito y, aun así, estar en mí.
Hoy escribo esto como quien se sienta un momento en el borde del camino, respira, mira hacia atrás con gratitud y hacia adelante sin urgencia.
Sabiendo que el viaje sigue.
Y que yo también.
Deja una respuesta